Muerte en la oscuridad
La oscuridad era absoluta, densa, como si el aire mismo se hubiera vuelto opaco. Aldo, era el apelativo con que el mundo lo conocía, intentó mover la cabeza, pero el espacio era demasiado estrecho; apenas pudo girar los ojos antes de que un dolor punzante le atravesara las sienes, pero no era tan lacerante como la confusión que existía en la cabeza en su intento de entender la realidad... y… entonces lo vio.
Un haz de luz, delgado y cruel, se filtraba desde lo que
parecía una pared, y caía directamente sobre su rostro. No iluminaba el lugar,
solo sus ojos. Era una luz inmisericorde, suficiente para recordarle que aún
estaba vivo.
El jazz sonaba a lo lejos, con una melodía de Miles Davis fácilmente reconocible para él “On the Champs Elysees".
No sabía de dónde provenía la música, pero reconocía el
ritmo: lento, elegante, casi burlón. Le recordó las noches en que hablaba de
vinos con voz engolada, describiendo aromas que nunca había aprendido a
distinguir. Sonrió con dificultad. Su cabeza ya era ese remolino de confusión
que le ofuscaba la mente como hacía hace un momento. Sus ojos recorrieron el lugar
donde estaba y comprendió, por un momento fugaz, la suerte que le tenía
preparado el destino, ese destino cruel y mordaz del que siempre había huido.
El amontillado seguía allí. La copa descansaba a su lado,
intacta, como una última cortesía. Intentó alzar la mano para alcanzarla pero
para su decepción el cuerpo no le respondió.
—Curioso —pensó—. Morir acompañado de buen vino.
Quiso reír, pero solo consiguió un suspiro seco. En ese
instante, al escuchar un rumor de voces, comprendió que no estaba solo. No los
veía, pero los sentía y escuchaba, aunque fueran voces inintelegibles:
presencias al otro lado de la pared, aguardando.
La luz tembló un segundo, como si algo se moviera afuera.
Luego, comenzó el silencio.
Nevermore, esa pequeña
ciudad del s. XIX, amanecía con una luz cenicienta, como si el sol dudara en
mostrarse del todo y le costara trabajo empezar su trabajo de iluminar a la
humanidad. Las calles empedradas conservaban el frío de la noche y el murmullo
de la ciudad era apenas un suspiro contenido. El sargento Dodó, inspector de policía,
caminaba con paso firme, sin prisa, como quien sabe que el tiempo juega a su
favor.
La casa de Bob Rivera se alzaba en una esquina discreta, de
fachada sobria y ventanas altas. No era una vivienda ostentosa, pero tampoco
humilde: tenía el aire de alguien que había esperado demasiado tiempo para ser
reconocida y no haber tenido esta oportunidad.
El sargento Dodó tocó la puerta con parsimonia. Eseperó un
momento apreciando el pequeño jardín que adornaba la entrada de la casa. Bob lo
recibió con el ceño fruncido y los ojos cansados. Vestía con corrección, aunque
su ropa mostraba un desgaste minucioso, como si hubiera sido usada con
demasiada frecuencia para ocasiones importantes que nunca terminaban de llegar.
—Sargento —dijo, inclinando apenas la cabeza—. Supuse que
vendría.
Dodó asintió y entró sin necesidad de invitación explícita.
Observó el interior con atención silenciosa: estanterías repletas de libros,
papeles cuidadosamente ordenados, manuscritos apilados en una mesa lateral. El
olor a tinta vieja dominaba el ambiente.
—Siempre es mejor hablar temprano —respondió Dodó
tranquilamente—. Antes de que los recuerdos empiecen a deformarse.
Bob sonrió con amargura.
—Los míos no necesitan deformarse. Ya están dañados.
Se sentaron frente a frente. Dodó cruzó las manos sobre el
regazo, adoptando una postura abierta, casi cordial. No sacó libreta alguna. Por
la parsimonia de sus movimientos daba entender que no tenía prisa para salir de
ahí a la brevedad posible.
—Hablemos de Aldo —dijo finalmente.
El nombre pareció tensar el aire. Bob desvió la mirada hacia
una ventana, como si buscara en la calle una distracción que no existía.
Alcanzó a vislumbrar a los primeros transeúntes que se dirigían al trabajo o
quizá a comprar alimentos frescos que solían venderse desde temprano.
—Aldo era… brillante para algunos —comenzó, no sin un dejo
de amargura en la voz—. Para otros, era una daga envuelta en terciopelo.
Dodó no interrumpió.
—Solía decir —continuó Bob con los ojos fijos en la cara del
sargento con una voz un tono ligeramente más arriba de lo normal — que yo
escribía con corrección, pero sin alma. Lo decía en público, siempre en
público. Con una sonrisa. La gente reía. Yo también, al principio. Pensé que
era un juego.
—¿Y luego dejó de serlo? —preguntó Dodó con suavidad pero
entreviendo la dificultad interior con la que vivía aquel hombre y lo
compadecía sinceramente.
—Luego me quitó un premio – comentó Bob mirando al suelo con
pesadumbre.
La frase cayó con peso. Bob se inclinó hacia delante.
—Un premio que yo merecía. No por orgullo, sargento, sino
porque había trabajado años en ese manuscrito. Aldo no participó. Ni siquiera
escribió algo digno de mención. Pero tenía amigos… y dinero.
Dodó ladeó ligeramente la cabeza.
—¿Está seguro de eso?
— Cecilia me lo dijo —respondió Bob sin dudar y con voz casi
en grito—. ¡Me mostró pruebas! ¡Nombres! ¡Jueces comprados! ¡Aldo no ganó: compró!
Un silencio espeso se instaló entre ambos. Dodó parecía
reflexionar, pero su expresión seguía siendo serena.
—¿Lo confrontó?
Bob soltó una breve risa seca como salida de ultratumba.
—¿Confrontarlo? No. Él disfrutaba ser confrontado. Vivía de
eso. Preferí callar… aunque confieso que hubo noches en que imaginé decirle
todo lo que merecía oír.
—¿Y pensó en algo más que palabras?
Bob lo miró fijamente por primera vez.
—No —dijo tras una pausa—. Pero entendí algo: Aldo no
necesitaba que nadie lo golpeara. Se estaba cavando su propia tumba cada vez
que abría la boca.
Dodó se levantó despacio.
—Eso es todo por ahora, señor Rivera.
—¿Cree usted que fue asesinado? —preguntó Bob.
El sargento lo miró con una expresión casi compasiva.
—Aún no lo sé. Pero sí sé que hay muertes que comienzan
mucho antes de que el cuerpo caiga.
Bob permaneció solo, rodeado de sus libros. Por primera vez
en años, no sintió alivio ni culpa, sino una inquietud nueva: la sospecha de
que, sin haber levantado la mano, había participado en algo irreversible.
II. Antes de Cecilia
La casa de Cecilia se encontraba al final de una calle
estrecha, flanqueada por árboles desnudos cuyos brazos oscuros parecían arañar
el cielo y pedir su clemencia. Dodó se detuvo frente a la puerta sin llamar. No
era duda lo que lo retenía, sino cálculo.
Recordó el rostro de Bob Rivera al pronunciar el nombre de
Aldo: no había odio desbordado, sino una herida que había aprendido a
disimular. Un orgullo lastimado no siempre mata, pensó Dodó, pero deja marcas
profundas. Había escuchado atentamente cada palabra, no tanto para comprobar
hechos, sino para pesar silencios.
Se llevó una mano al mentón. En Nevermore, las verdades
raras veces se decían completas; se repartían entre personas, como fragmentos
de un espejo roto. Bob había entregado el suyo. Cecilia, estaba seguro, era
poseedora de un trozo más.
La música de jazz volvió a cruzarle la mente, como un eco
persistente. No sabía aún cómo encajaba en todo aquello, pero intuía que no era
un simple detalle: Aldo había hecho de la estética una máscara, y las máscaras
solían atraer cómplices.
Dodó ensayó mentalmente las preguntas.
Empezaría por el pasado. Por lo que se había perdido. Las
pérdidas, lo sabía bien, abrían más puertas que las acusaciones.
Levantó la vista hacia la casa. Las cortinas estaban
corridas, pero una lámpara encendida proyectaba sombras suaves, inmóviles.
Cecilia estaba despierta. Quizá lo esperaba. Quizá no.
Golpeó la puerta.
III. Cecilia
Cecilia tardó en
abrir. Cuando lo hizo, no mostró sorpresa, solo una leve rigidez en el gesto,
como si la visita confirmara algo que ya había presentido.
—Sargento Dodó —dijo—. Pase.
El interior era distinto al de Bob. No había exceso de
objetos ni signos de trabajo acumulado. Todo parecía elegido con cuidado: los
muebles, la disposición del espacio, incluso el silencio. Había en el ambiente
un perfume tenue, difícil de identificar, que evocaba salones lejanos y
conversaciones cuidadosas.
Dodó tomó asiento sin ser invitado explícitamente. Cecilia
permaneció de pie unos segundos antes de sentarse frente a él. Cruzó las manos
sobre el regazo.
—Imagino que viene por Aldo —dijo con prontitud.
—Imagino que usted lo conocía bien —respondió Dodó de la
misma forma.
Cecilia bajó la mirada, pero no por mucho tiempo.
—Lo conocí —corrigió—. No sé si eso es conocer bien a
alguien.
Dodó asintió, como si esa distinción le pareciera
importante.
—Bob Rivera me habló de usted.
Un leve parpadeo. Nada más.
—Siempre fue más honesto de lo que parecía —dijo ella—. A
Aldo eso le irritaba.
—¿Le irritaba la honestidad? —
preguntó con curiosidad Dodó.
—Le irritaba no poder comprarla— contestó con cierta ironía.
Dodó guardó silencio. Dejó que la frase respirara.
—¿Aldo la utilizó? —preguntó finalmente.
Cecilia no respondió de inmediato. Se levantó, caminó hasta
una mesa lateral y tomó una copa vacía. La sostuvo entre los dedos, sin
llenarla.
—Aldo sabía moverse —dijo—. Sabía qué decir, a quién decirlo
y cuándo. Yo tenía contactos. Él tenía ambición. Durante un tiempo creí que eso
bastaba para llamarlo amor.
—¿Y cuándo dejó de creerlo?
Cecilia apretó la copa con fuerza, pero no la rompió.
—Cuando entendí que nunca hablaba de mí sin obtener algo a
cambio.
Dodó observó ese gesto mínimo, casi imperceptible. No había
rencor explícito, ni deseo de venganza. Había algo más peligroso: desapego.
—¿Lo vio la noche en que murió? —preguntó.
Cecilia lo miró a los ojos por primera vez.
—Sí.
El silencio que siguió no fue tenso, sino definitivo, como
una puerta que se cierra sin hacer ruido.
IV. Gerry
Gerry no vivía en el
centro de Nevermore. Su casa se encontraba en una zona más baja, cerca de las
bodegas y los almacenes, donde el aire olía a madera húmeda y a trabajo
repetido. Cuando Dodó llegó, lo encontró limpiando cuidadosamente una fila de
copas, alineadas con precisión casi obsesiva.
No levantó la vista de inmediato.
—Si viene por Aldo —dijo—, puede sentarse. Esto no va a ser
corto.
Dodó obedeció. Observó las manos de Gerry: firmes, curtidas,
sin adornos. Eran manos que conocían el peso de las botellas, el gesto exacto
del servicio, la paciencia del oficio.
—Usted es sommelier—dijo Dodó, no era una pregunta sino una
afirmación.
Gerry alzó una ceja, apenas.
—Lo soy. Con certificaciones, con años de trabajo, con
bodegas recorridas y vinos arruinados por culpa de otros. No por repetir
palabras bonitas.
Dodó inclinó ligeramente la cabeza.
—Aldo se presentaba como somelier.
Gerry dejó la copa sobre la mesa. El sonido fue seco,
definitivo. Tratando de mantener su respiración con calma.
—Aldo era un farsante con buena memoria —respondió con franqueza
y mirándolo a los ojos—. Aprendió nombres, fechas, etiquetas. Pero nunca
entendió el vino. Para él era un instrumento: para humillar, para impresionar,
para comprar prestigio.
—Sin embargo, consiguió trabajo.
—Me los quitó —corrigió Gerry cortando en seco aquella afirmación
—. Uno a uno.
Dodó guardó silencio. Gerry continuó, sin necesidad de
estímulo.
—Restaurantes, salones privados, incluso eventos oficiales.
Aldo aparecía antes que yo, ofrecía algo más barato… o algo más caro,
dependiendo del cliente. Luego desaparecía, dejando a otros el trabajo real. Yo
quedaba fuera. Sin explicación.
—¿Sobornos?
Gerry soltó una risa breve, sin humor.
—Siempre sobornos. Nunca la sapiencia real del vino.
Dodó observó una botella apoyada contra la pared.
—Amontillado —dijo.
Gerry siguió su mirada.
—Le gustaba. No porque lo entendiera, sino porque sonaba
bien. Decir amontillado lo hacía sentirse distinto. ¡Superior!.
—¿Lo confrontó?
Gerry negó con la cabeza.
—No. No se discute con alguien que vive del engaño. Se
espera. Y Aldo se pasó la vida esperando que nadie lo desenmascarara.
Dodó se inclinó ligeramente hacia delante.
—¿Estuvo con él la noche de su muerte?
Gerry lo miró fijamente, sin parpadear.
—Sí.
No había desafío en su voz. Tampoco miedo.
—¿Por qué fue?
Gerry tomó una botella, la observó contra la luz.
—Porque me invitó a probar un vino que, según él, yo no
estaba capacitado para entender.
Dodó asintió lentamente.
—¿Y lo entendió?
Gerry volvió a dejar la botella en su sitio.
—Entendí algo mejor: que Aldo llevaba años probando la
paciencia de todos. Y que la paciencia, como el vino, también se agota.
Un silencio pesado se instaló entre ambos. Dodó se levantó.
—Gracias por su tiempo.
Gerry volvió a las copas, alineándolas con cuidado.
—Sargento —dijo sin mirarlo—. Hay vinos que no se comparten.
Y hay personas que no deberían haber abierto ciertas botellas.
Dodó se detuvo un instante en la puerta, como si aquella
frase hubiera sido formulada para él.
Luego salió.
La casa de Jarshas
dominaba una de las colinas que rodeaban Nevermore. Desde allí se veía la
ciudad entera: los tejados oscuros, las calles angostas, el humo leve de las
chimeneas. No era una mansión ostentosa, pero sí una construcción sólida, hecha
para durar, como si su dueño hubiera querido dejar claro que su posición no
dependía del favor de nadie.
Dodó fue anunciado y esperado.
Jarshas lo recibió en una sala amplia, casi desnuda. No
había cuadros, ni adornos superfluos. Solo una mesa larga, varias sillas y, al
fondo, una puerta cerrada con llave.
—Sargento —dijo Jarshas—. Supongo que ya ha hablado con
todos.
—Con casi todos —respondió Dodó reconociendo en él al
antiguo jefe de policía.
Jarshas lo observó con atención, como si intentara medir no
al hombre, sino al cargo.
—Aldo no fue una sorpresa —dijo finalmente—. Fue una
consecuencia.
Dodó tomó asiento sin replicar.
—Durante años —continuó Jarshas— toleré su presencia. No
porque me agradara, sino porque entendí que era un mal menor. En Nevermore,
quien maneja los contactos suele manejar también las voluntades.
—Hasta que dejó de ser menor —dijo Dodó.
—Hasta que decidió acusarme de fraude.
Jarshas pronunció la palabra sin énfasis, como si hablara de
una enfermedad ya superada.
—La denuncia prosperó —añadió—. Demasiado rápido. Policías
obedientes, informes impecables, conclusiones inapelables.
Dodó cruzó las manos.
—Aldo tenía influencia.
—Tenía dinero —corrigió Jarshas—. Y sabía usarlo. Compró a
quienes debían investigar y acusó a quien no podía defenderse sin ensuciarse
las manos.
—¿Y usted no se defendió?
Jarshas sonrió con cansancio.
—Lo intenté. Pero cuando el prestigio cae, cae de golpe.
Perdí mi cargo, mi nombre y algo más importante: la confianza de la ciudad.
Dodó bajó la mirada un instante. Luego preguntó:
—Aldo codiciaba su colección de vinos.
Jarshas alzó una ceja.
—Eso era lo único auténtico en él: su codicia. No por el
vino, sino por lo que representaba. Mi colección era símbolo de lo que él jamás
sería: respeto ganado sin fingimiento.
Se levantó y caminó hacia la puerta del fondo. La abrió.
Dentro, estanterías repletas de botellas descansaban en
silencio, ordenadas con rigor casi litúrgico.
—Cada una tiene su historia —dijo—. Aldo solo veía
etiquetas.
Dodó se acercó, observó una botella cubierta de polvo.
—¿Estuvo con él la noche de su muerte?
Jarshas no dudó.
—Sí.
—¿Por qué aceptó la invitación?
Jarshas cerró la puerta con cuidado.
—Porque quería verlo creer, una vez más, que podía
humillarme. Y porque sabía que esa noche ya no tendría a quién sobornar.
Dodó levantó la vista.
—¿Qué quiere decir?
Jarshas lo miró fijamente, por primera vez con dureza.
—Que Aldo llevaba años construyendo su poder sobre
voluntades ajenas. Pero incluso eso tiene un límite. Hay un momento en que el
dinero deja de comprar silencio.
El aire se volvió denso.
—¿Lo odió? —preguntó Dodó.
Jarshas negó despacio.
—No. Lo comprendí demasiado tarde. Y cuando uno comprende,
ya no necesita odiar.
Dodó se puso de pie.
—La policía de Nevermore —dijo con tono neutro— hizo su
trabajo.
Jarshas sonrió, esta vez sin cansancio.
—Eso espero, sargento. Porque si no fuera así, significaría
que todos fuimos cómplices durante demasiado tiempo.
Dodó sostuvo la mirada un segundo más de lo necesario. Luego
asintió y se retiró.
Desde lo alto de la colina, la ciudad parecía tranquila.
Demasiado.
Dodó caminaba solo por Nevermore cuando el caso quedó,
oficialmente, cerrado. No llevaba papeles ni informes; ya no los necesitaba. La
ciudad seguía con su rutina habitual, ajena a la calma artificial que precede a
ciertos silencios definitivos.
No había contradicciones entre ellos. Eso lo había
tranquilizado desde el principio.
Cuando todos dicen lo mismo, pensó, no es porque
mientan: es porque han decidido.
Se detuvo un instante frente al mausoleo. La puerta
permanecía cerrada. Nadie preguntaría ya qué ocurrió allí dentro. En Nevermore,
los escándalos duraban poco; las conveniencias, en cambio, sabían esperar.
Dodó respiró hondo y avanzó.
Entonces los vio a todos.
Primero fue Bob. Su rostro apareció al otro lado de la
abertura, apenas iluminado. No había triunfo en su expresión, ni rabia. Solo
una serenidad extraña, como si hubiera entregado algo que llevaba demasiado
tiempo cargando.
Luego Cecilia.
Sus ojos no se detuvieron en Aldo más de lo necesario.
Mantuvo la distancia exacta entre la memoria y el olvido. En su mano, una copa
de vino temblaba levemente y alzó la copa en señal de brindis dirigiéndose a él.
Después Gerry.
Observó a Aldo con atención profesional, como quien evalúa
un producto defectuoso. No habló. No lo necesitaba. Solo olía los humores del
vino que delicadamente llegaban a su olfato.
Jarshas fue el siguiente.
Se situó al centro, erguido, recuperando por un instante la
dignidad que la ciudad le había negado. Levantó su copa con gesto solemne.
—Por Nevermore —dijo.
El jazz comenzó a sonar con mayor claridad. Una melodía
suave, elegante, casi festiva. El amontillado circuló de mano en mano.
Aldo quiso hablar. Quiso burlarse, lanzar uno de sus dardos
finales. Pero su voz no salió. El pánico empezó a filtrarse, lento,
irreversible. Comprendía el futuro que le esperaba. El miedo se apoderó de su
cuerpo y como un mal chiste el nombre de Fortunato de Allan Poe llegó a su memoria.
Entonces ocurrió algo distinto, inesperado para él..
Una sombra se interpuso brevemente entre la luz y su rostro.
Aldo entrecerró los ojos.
Reconoció la silueta antes de distinguir el rostro. Aquella
faz que conocía desde hacía tiempo ahora se presentaba como testigo para dar fe
a lo que iba a acontecer en ese sitio.
Dodó. Sí, ese personaje que se había convertido en el jefe
de la policía después que Jarshas fuera eliminado de ese cargo. Ese infeliz. Le
debía su puesto a él y a su dinero.
No llevaba uniforme. No llevaba arma. Solo una copa, que
alzó con calma. Un amontillado.
Dodó sostuvo su mirada sin dureza.
—Había demasiadas versiones —dijo—. Demasiadas heridas. Y
demasiados silencios bien pagados.
Aldo intentó negar, reír, prometer. Nada funcionó. Su voz temblaba
y por momentos se escapaba una risa histérica de su garganta como queriendo
pensar que aquello era un broma, una broma de mal gusto.
—Acepté —continuó Dodó— porque el orden también tiene un
precio. Y porque usted, señor Aldo, llevaba años cobrándolo.
Dodó levantó con su mano el último ladrillo que faltaba.
Aquel trozo de material tenía el terrible significado de la pérdida de su esperanza
de vida. Sus ojos en esos momentos, inyectados en sangre y pavor lograron
arrancarle un último grito de desesperación que llegara al exterior.
—No es personal —añadió—. Es consenso.
El último ladrillo cayó en su lugar.
La oscuridad fue total.
Afuera, las copas chocaron suavemente.
—Por Aldo —dijo alguien.
El jazz siguió sonando.
Y Nevermore, fiel a su costumbre, continuó su tranquila vida
como si nada hubiera ocurrido.

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