¿Son posibles las verdades absolutas o todo es relativo?
Vivimos en un tiempo que desconfía de la palabra verdad. Decir hoy que algo “es verdadero” suena dogmático, casi una falta de sensibilidad. En cambio, se repite con naturalidad: “cada quien tiene su verdad”, “todo depende del punto de vista”.
Paradójicamente, estas frases se enuncian con tono absoluto y tajante, es decir, se afirma con fuerza y sin posibilidad a la discusión una verdad absoluta: "no existen verdades absolutas". Una contradicción elegante, pero contradicción al fin.
El siglo XXI ha nombrado a esta confusión con un término ruidoso:
posverdad. En ella, lo importante no es lo que ocurrió, sino lo que sentimos
que ocurrió. Los hechos se disuelven entre emociones, algoritmos y narrativas.
Vivimos un tiempo en el que la verdad —entendida como conocimiento objetivo de
la realidad— aparece devaluada, mientras prevalecen las emociones y creencias
personales.
Pero la verdad no es un sentimiento. Es un acuerdo entre el pensamiento
y lo real. Si niego la existencia de una realidad independiente, ¿cómo podría
hablar de ciencia, de justicia o de historia? La física no vota los resultados
de un experimento; los descubre. Si la realidad se adecuara a nuestro
pensamiento, cada físico tendría su propio universo.
Leonardo Polo advertía que este error tiene raíces profundas. La
modernidad, dijo, convirtió el pensamiento en medida de lo real. Así nació el
idealismo: el hombre como creador del mundo que piensa. Sin embargo, esa
absolutización del sujeto destruye la verdad misma, porque en el objeto no está
la persona; el ser humano sólo conoce si reconoce algo más allá de sí. Saber es
aceptar que hay algo que no depende de mí.
Y sin embargo, afirmar que existen verdades absolutas no significa que
lo sepamos todo. La inteligencia humana es limitada, pero no está cerrada:
tiende a la verdad como a un horizonte que la trasciende. Podemos conocer
parcialmente, pero no todo conocimiento parcial es relativo. Saber que dos
personas coincidieron en un lugar, que un triángulo tiene tres lados, que el
fuego quema o que la injusticia hiere, son verdades independientes de la moda,
el tiempo o la emoción.
La posverdad, en cambio, reemplaza los hechos por estados de ánimo. Nos
deja en una bruma donde el yo es la única medida y las redes sociales la única
evidencia. Pero un mundo sin verdad acaba siendo un mundo sin sentido. Si todo
es relativo, también lo sería la afirmación de que “todo es relativo”; y si
nada es verdadero, tampoco lo sería esa frase.
El filósofo Karl Popper recordaba que aunque ninguna teoría sea
definitiva, ello no implica que todas sean iguales: la ciencia progresa
precisamente porque existe una verdad que puede refutar nuestras hipótesis. Sin
la posibilidad de la verdad, ni siquiera el error tendría sentido.
Por eso, quizá hoy defender la verdad no es un gesto de arrogancia, sino
de humildad: reconocer que la realidad no depende de nosotros, sino que nos
precede. Y que, a pesar de nuestras limitaciones, el ser humano conserva la
noble capacidad de buscarla.
Porque sólo quien cree en la verdad puede aspirar a ser libre.

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