El Sommelier

 Jarshas, Bob, Solecito y Gerry, el Somelier, se sentaron en el rincón más oscuro del "El Abismo", un bar de mala muerte que se erguía en las entrañas de la ciudad, como un tumor maligno. El aire estaba impregnado de tabaco rancio, licor derramado y el vago lamento de un blues que parecía venir de un espectro. No era un lugar para almas sensibles; era el perfecto santuario para sus rituales. Cada último viernes del mes, se reunían allí para un macabro concurso: el que contara la historia más espeluznante, más bizarra, la que más se acercara al filo de la locura sin caer por completo, ganaba el honor de pagar la ronda de licores más baratos del local. Hoy, el ambiente era más pesado de lo usual; la luna menguante parecía arrojar un velo de presagio sobre ellos.

Jarshas Salazar, con su rostro surcado por la melancolía y sus ojos que habían visto demasiadas cosas, fue el primero en tomar la palabra. Jarshas era un hombre de negocios, un magnate de la industria del cemento, pero bajo la superficie de su pulcra apariencia se escondía un pasado digno de un tratado de psiquiatría. "El fantasma de la obra", murmuró, sirviéndose un trago de un líquido turbio que el camarero se negó a identificar. "No era el típico fantasma. No flotaba ni gemía. Solo se dedicaba a desarmar. Yo tenía un proyecto en una vieja casona de la colonia Roma, que se convertiría en un centro comercial. Cada noche, las vigas que colocábamos, las paredes que levantábamos, aparecían desmanteladas por la mañana. Pensamos que era vandalismo, hasta que la cámara de seguridad nos reveló la verdad. Una figura, difusa, como si la noche se hubiera solidificado, trabajaba sin descanso, ladrillo por ladrillo, deshaciendo mi obra. No con saña, no con violencia, sino con una dedicación meticulosa, como si estuviera corrigiendo un error ancestral. El proyecto colapsó; nadie quería trabajar allí. Lo que la cámara no captaba era el sonido que lo acompañaba, un suave murmullo, como el de una madre arrullando a su hijo, y que se amplificaba en mi cabeza, aun cuando no había nadie. Con el tiempo, empecé a oírlo en todas partes. En mi oficina, en mi auto, en la cama con mi esposa. Y poco a poco, empecé a entender el porqué de la dedicación del fantasma: la casa quería volver a su forma original, y yo, su dueño, debía deshacer lo que se había hecho. Con el tiempo, mi empresa fracasó, mi esposa me dejó. Ahora solo me dedico a desmantelar mi propia casa, pieza por pieza. Y el sonido ha desaparecido. Pero el murmullo me ha dicho que mi siguiente proyecto es mi propio ser". Jarshas terminó su relato, sus ojos fijos en la nada, el eco de su historia aún flotando en el aire.

Solecito Peñaloza, un escultor de carácter volátil y una sonrisa que podría helar un desierto, se rió con una carcajada estridente. "Eso no es nada, mi querido Jarshas. Lo tuyo es un simple fantasma de arquitectos frustrados", dijo, mientras se servía una copa de vino. "Mi historia es sobre la carne. Yo trabajaba en mi estudio, una noche, con una pieza de mármol. Mi ambición era esculpir a un ser que pareciera vivo, que respirara, que sus poros exhalaran vida. Me obsesioné con ello. Día y noche, trabajé sin descanso, ignorando el hambre y el sueño. Una noche, el mármol, inerte, me pareció que emitía un calor sutil, un pulso. Me reí de mi propia fantasía, pero al tocarlo, sentí una vibración, leve, pero inconfundible, como el latido de un corazón. Al principio me fascinó, lo tomé como una señal de que mi obra estaba viva, que mi genio había trascendido la materia. Pero la cosa se volvió grotesca. El mármol comenzó a sangrar. Al principio, gotas pequeñas, como perlas de sangre, luego un hilo, un chorro, hasta que todo el estudio se volvió un charco escarlata. Horrorizado, intenté detenerlo, pero mis manos, que deberían haber estado cubiertas de polvo de mármol, se hallaban cubiertas de carne. Carne y hueso. Estaba esculpiendo con mis propias manos, y el mármol me estaba robando la vida. La escultura se completó, y era hermosa. Mis dedos sangraron, mis uñas se desprendieron, y mi carne se fusionó con la piedra. Al final, no había ya una obra, sino un monstruo, un ser híbrido de carne y mármol. La figura, al ser completada, me miró y sonrió. La cara de la escultura no era del ser que yo quería crear, sino que era la mía. Con mis propias manos, yo había creado una réplica de mí, que ahora me miraba con una expresión de triunfo. Dejé mi carrera de escultor, pero aún hoy me levanto con los dedos cubiertos de lo que parece sangre, y a veces, una vena se me inflama, y puedo escuchar un latido en mi mano, un pulso que me llama, que me pide que me una a mi otro yo, que me espera en el estudio. Mi obra se convirtió en mi verdugo".

Bob Rivera, un hombre alto, moreno, delgado, con barba y un pasado en la milicia, tomó el control. "Lo mío no tiene que ver con fantasmas o estatuas. Lo mío es más prosaico, pero igualmente terrible", dijo, con una voz profunda. "Mi historia se trata de un simple error. Yo estaba de guardia en una de las zonas más áridas y solitarias del país. Era una base de investigación secreta. Una noche, vi a un hombre que corría hacia mí, con una expresión de terror puro. Le di el alto, pero él no se detuvo, solo gritó: '¡Me están siguiendo!' Yo, con mi entrenamiento, no lo dudé, lo derribé con mi rifle de asalto. Al día siguiente, la base me felicitó por mi heroísmo, por haber salvado la base de un posible espía. Pero la noche anterior había oído los susurros de mi compañero de guardia. La historia que él me había contado la noche anterior, la de un hombre que perdió la razón y que vagaba por el desierto en busca de ayuda, me acechó. Al investigar, descubrí que el hombre que había matado no era un espía, sino un hombre común que se había perdido en el desierto y que, al ver las luces de mi base, había corrido hacia ellas en busca de ayuda. Mis superiores lo catalogaron como un accidente y no le dieron mayor importancia. Pero yo sabía la verdad: yo había matado a un inocente. Desde entonces, cada noche, el hombre se aparece en mis sueños, corre hacia mí, con la misma expresión de terror, con el mismo grito: '¡Me están siguiendo!' Y yo, con mi rifle, lo derribo una y otra vez. Y la única diferencia es que ahora, en mis sueños, el hombre tiene mi cara, y el que grita es mi compañero, que me dice: 'Te están siguiendo, no lo dejes que se te acerque', y yo, una vez más, lo derribo, y él se transforma en mí". Bob terminó su historia, su voz ronca de la emoción, sus ojos fijos en la nada, como si viera al fantasma que lo acosaba.

Era el turno de Gerry, alias "El Sommelier", un hombre con un humor tan negro como su ropa, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos. "Ustedes han tenido la suerte de lidiar con fantasmas, estatuas y almas errantes. Lo mío es más terrenal, más íntimo, pero también más peligroso". El Sommelier se humedeció los labios con un trago de absenta. "Mi historia es sobre un escritor. Yo solía ser un escritor de historias de terror, de suspenso, de misterio. Creaba mundos, personajes, tramas, nudos y desenlaces. Yo, como Jarshas, Solecito y Bob, me reunía con mis amigos, un magnate de la industria del cemento, un escultor, un ex militar, en un bar de mala muerte para contar historias. Lo que mis amigos no sabían era que mis historias no eran mías, sino de ellos. Yo, un simple escritor, tenía el poder de cambiar la realidad con mis palabras. El magnate del cemento, Jarshas, tuvo la mala suerte de que en mi historia, su negocio quebró y su vida se convirtió en un infierno. El escultor, Solecito, tuvo la desdicha de que el protagonista de mi cuento se volvió loco, perdiendo la cordura al ver su obra convertirse en un monstruo. Y Bob, el militar, con la desdicha de que en mi historia, su vida se convirtió en una pesadilla de sueños recurrentes, en donde él mataba a su propio yo. Yo era el responsable de su desgracia. ¿Por qué lo hacía? Porque me resultaba divertido. Era un pasatiempo, una distracción. Hasta que un día, en la historia que escribía, los tres amigos se rebelaron contra mí. Se dieron cuenta de la verdad, y me obligaron a contar una historia en la que los tres terminaban en un manicomio. Y aquí estamos. Jarshas, con su empresa destruida. Solecito, con su arte arruinado. Bob, con su mente hecha un lío de pesadillas. Y yo, que he sido sentenciado a vivir en un manicomio, en el que, en realidad, los pacientes son los otros, y yo soy el único cuerdo, el que cuenta las historias que se hacen realidad. Pero hay algo que no les he dicho. Aún puedo escribir, aún puedo crear. Y la historia que estoy escribiendo ahora...es sobre un escritor que se las ha arreglado para escapar del manicomio. Y en su plan, está Jarshas, Solecito y Bob".

Gerry sonrió y se bebió de un trago lo que quedaba de su absenta. "Y esa es la historia que estoy contando ahora. En la que Jarshas, Bob, Solecito y Gerry están sentados en este bar, que en realidad es una sala de un manicomio. En la que Jarshas cree que su empresa se ha ido a pique, pero solo se sienta en una silla y repite la misma historia una y otra vez. En la que Solecito piensa que su arte ha cobrado vida, pero solo hace garabatos en una hoja de papel, con los dedos cubiertos de lo que parece sangre. Y en la que Bob cree que mata a la misma persona una y otra vez, pero que solo se queda en su cama, repitiendo la misma palabra una y otra vez. Y yo...yo soy el único que sabe la verdad. Y la verdad es que la historia que estoy contando es la única realidad que existe. Y ahora, me toca escribir el final. ¿Cuál será? No lo sé. Pero sí sé que no será fácil. Y que ustedes, mis queridos amigos, ya no estarán para contarlo". Gerry terminó de hablar, y los tres lo miraron con un terror inconfundible en sus ojos. Gerry se levantó y se dirigió a la puerta, y los otros tres se quedaron sentados, inmoviles, atrapados en la historia que él había creado, en la sala de un manicomio, que para ellos, era "El Abismo".

Autor: Arturo Perales (El hacedor de historias)

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