Cuentos de Chimenea I

 Era una noche de otoño y la lluvia golpeaba la carretera con furia, reduciendo la visibilidad a un mínimo. Franz Rottenmeyer, al volante, y su amigo Carlo Urquiza avanzaban despacio, con el rumor inquietante del viento y la neblina colándose entre los faros. Las montañas, cubiertas de nieve, parecían vigilar desde la oscuridad. Ambos iban en silencio, cada uno absorto en recuerdos que preferirían olvidar.

Llevaban años lejos de su pueblo natal. Pero nunca hablaron mucho del verdadero motivo de su partida—lo sabían de sobra: la muerte de Lucy, la novia de Franz. Lucy, una joven alegre y estudiosa, había muerto exactamente veinte años atrás, en circunstancias que nunca se aclararon del todo. Un golpe en la cabeza, un “accidente”, dijeron entonces. Pero la verdad era más oscura y, esa noche, bajo la lluvia, flotaba en el aire como una presencia sin descanso.

Franz ajustó el volante, los nudillos blancos, con los pensamientos agolpándosele. No sólo había dejado atrás un amor perdido, sino una vida marcada por traiciones y mentiras. Tras el regreso a la ciudad, su vida se había convertido en una sucesión de engaños, fraudes financieros, estafas empresariales y la manipulación de accidentes para eliminar rivales. Había construido un imperio sobre cimientos podridos, mientras su conciencia, cada vez más pesada, lo perseguía en sueños y en los reflejos de los espejos. Carlo, su socio en la sombra, había sido su mano derecha en todo: testigo, cómplice, y a veces ejecutor.

Un brusco golpe de viento levantó la nieve, borrando la carretera. Franz frenó; las ruedas patinaron y el coche empezó a girar, a dar vueltas fuera de control. Los gritos de ambos se perdieron en el estruendo del metal hasta que el automóvil se estrelló contra el tronco de un árbol. El mundo pareció detenerse. Silencio.

Franz despertó aturdido, con un dolor agudo en la cabeza. Parpadeó, intentando ordenar los recuerdos: la tormenta, el hielo, la curva, el impacto. A su lado, Carlo gimió.

—¿Carlo? ¿Estás bien? —preguntó, sacudiendo al amigo con ansiedad.

—No lo sé… Duele todo, pero creo que sigo entero.

—Tenemos que salir de aquí —dijo Franz, tanteando los controles destrozados. Salieron por la ventana del conductor, temblando bajo el frío cortante. Un relámpago iluminó los restos del coche, completamente retorcido, casi irreconocible.

—¿Viste dónde estamos? —balbuceó Carlo, señalando el árbol.

Franz miró el tronco. Por un momento, el corazón se le detuvo. Era el árbol. Ese árbol, donde Lucy había… No podía ser. Lo recordaba perfectamente: después del accidente, lo cortaron y se lo llevaron. Sin embargo, ahí estaba, tan real como el hielo bajo sus pies.

—No puede ser… —murmuró Franz, acercándose. La corteza era áspera, fría. Al tocarla, una oleada de electricidad le recorrió el cuerpo, paralizándolo de terror. Se apartó de golpe, cayó de rodillas y vomitó, mientras Carlo lo miraba, pálido.

—Vi… vi tu rostro, Franz —murmuró Carlo, temblando—. Por un momento, era solo hueso y una sonrisa horrible. No sé qué nos pasa…

Franz se obligó a ponerse en pie. —Tenemos que caminar. El pueblo está cerca. Si nos quedamos aquí, congelaremos… o enloqueceremos.

Caminaban a trompicones, vencidos por el cansancio y el frío, cuando divisaron una casa victoriana a un lado de la carretera. Las luces estaban encendidas. Se acercaron con la esperanza de encontrar ayuda y llamaron a la puerta. Una mujer de mediana edad, delgada, de rostro sereno pero inquisitivo, se asomó por la ventana.

—Por favor —suplicó Franz—, tuvimos un accidente. ¿Podemos usar su teléfono?

La señora los dejó entrar. El calor del fuego los envolvió. Les indicó el teléfono, pero Franz colgó poco después, frustrado: la tormenta había cortado la línea. La mujer, que se presentó como Cassandra, los invitó a quedarse esa noche. Les ofreció duchas calientes y ropa seca. Los dos amigos aceptaron, agradecidos.

La casa era acogedora, aunque extrañamente atemporal, como si no encajara del todo en el paisaje. Mientras Franz y Carlo se cambiaban, conversaron en voz baja.

—Es amable, ¿no? —dijo Carlo—. Pero juro que nunca vi esta casa cuando éramos jóvenes.

—Quizá la construyeron después —respondió Franz, cansado de pensar.

Ya en el comedor, Cassandra les sirvió una cena deliciosa. Comieron con avidez, mientras ella los observaba en silencio. Cuando terminaron, pasaron a la sala junto al fuego. Hablaron del pueblo, de los viejos tiempos. Cassandra, con voz suave, contó que había crecido allí, hija de un jornalero, y que había heredado la casa tras la muerte del dueño.

Franz no pudo evitar recordar su propia infancia, marcada por la distancia que su familia imponía a quienes consideraban “de abajo”. Lucy no era de su círculo. Su relación fue el resultado de una apuesta con Carlo, una crueldad disfrazada de juventud. La usó, la humilló, y cuando quiso alejarse de ella, terminó involucrado en el crimen que los perseguía: una noche de celos y alcohol, una discusión, la violencia inesperada… y el encubrimiento, con Carlo ayudando a ocultarlo todo. Ese fue solo el primero de sus crímenes; luego siguieron los fraudes, los negocios sucios, la eliminación de rivales por medios que a menudo parecían accidentes pero eran todo menos casualidad. El dinero, el poder, la posición social: todo lo había conseguido a costa de la vida y el sufrimiento de otros.

De pronto, Carlo lo llamó con urgencia: —Mira esto —dijo, mostrándole una foto antigua.

Franz se quedó helado. Era Lucy. Estaba de pie junto a un árbol, el mismo árbol. El pasado golpeó a Franz con fuerza.

—¿Cómo tiene esta foto? —preguntó, con la voz quebrada.

—Lucy y yo fuimos amigas —respondió Cassandra, la voz teñida de amargura—. Nunca se esclareció cómo murió. Solo se supo que fue un golpe en la cabeza, allá, bajo ese árbol.

Un gemido estremeció la casa. Carlo se puso de pie de un salto.

—¿Escucharon eso?

—Es el viento, señor Urquiza —respondió Cassandra, imperturbable.

Pero la tensión creció. Luces que titilaban, risas lejanas, murmullos. Franz sintió un peso en el bolsillo: era un crucifijo, uno idéntico al que su madre le daba de pequeño.

Cassandra los observó, los ojos brillando de forma extraña.

—Muchos murieron aquellos días —dijo—. Gente poderosa, rica, que ayudó a encubrir la muerte de Lucy. Nadie pagó por lo que hicieron.

La atmósfera se volvió irrespirable. Franz sintió el sudor frío en la nuca.

—Franz, dime —susurró Cassandra, ahora tan cerca que apenas podía respirar—. ¿Qué pasó aquella noche?

Franz buscó a Carlo. Ya no estaba a su lado, sino de pie, hipnotizado, mirando la puerta del pasillo.

—¿Qué noche…? —balbuceó.

—¡Basta de mentiras! —El grito de Cassandra llenó la estancia, y su rostro cambió. Se transformó, la piel cayendo a jirones, los ojos vacíos, la herida abierta en la frente. Era Lucy, pero no la de sus recuerdos: era una sombra vengativa, un espectro de odio.

—¡Ustedes me drogaron! —su voz era un eco en la tormenta—. ¡Me usaron para sus juegos, para sus apuestas, para su desprecio! —se acercó a Franz, la presencia de la muerte palpable—. ¡Tú me golpeaste, Franz! ¡Tú, que después aprendiste a golpear, a estafar, a destruir y a traicionar por dinero y poder! ¡A todos los que te estorbaban, los eliminaste! Accidentes, robos, mentiras, familias rotas. ¡Tu vida entera es una cadena de crímenes y de dolor! —el aire pareció helarse, el fuego murió en la chimenea—. ¡Y tú, Carlo, te quedaste mirando, cómplice miserable! ¡Ayudaste a encubrirlo todo, te volviste su sombra y su mano ejecutora!

Un viento huracanado sacudió la casa. Las ventanas se cerraron de golpe, la luz se extinguió. Risas y lamentos llenaron el aire. Franz vio a Carlo, paralizado frente a la puerta, atrapado por fuerzas invisibles.

—¡No, espera! —gritó Franz, pero Carlo ya no lo oía. Lo vio dar un paso hacia el abismo, abrazado por sombras.

—¡Jajajaja! —se burló Lucy—. Todos los que están aquí pagarán. ¡Yo los atrapé! ¡Sus almas me pertenecen! ¡Y tú, Franz, serás mi esposo, como lo prometiste hace veinte años!


El pánico se apoderó de Franz. Subió corriendo las escaleras, se encerró en una habitación. Pero ya nada era igual: el cuarto estaba podrido, las paredes chorreadas de humedad, el aire lleno de un hedor a muerte. Se arrodilló, temblando, el crucifijo apretado en la mano. Escuchó los pasos de Lucy en la escalera, la risa infernal, los recuerdos de toda su vida—robos, mentiras, fraudes, muertes planeadas, familias destruidas, amistades traicionadas—como una marea oscura.

Lloró en silencio, y en un susurro pidió perdón. Sintió una lágrima caer sobre el crucifijo. Un alarido desgarrador llenó la casa:

—¡¡NOOOOOOO!!

Después, silencio. Un estallido. Y nada.


Tres días después, los rescatistas encontraron entre la nieve el coche destrozado. Uno de ellos llamó al capitán. Allí, en mitad de la nada, hallaron el cuerpo de un hombre rubio, la ropa podrida, el rostro marcado por el frío y el terror. Nadie supo nunca cómo logró salir Franz de aquel lugar. O si, en realidad, alguna vez salió.

  

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