La sombra interior (Una confesión desde la sombra)

 

La sombra interior

Una confesión desde la sombra


Hay historias que no deben contarse. 
No porque nadie las crea, sino porque al contarlas uno vuelve a abrir la puerta por donde entraron. 
Yo juré callar para siempre. Pero el silencio se pudre dentro, y su olor es peor que el del miedo. 

Han pasado años desde aquella noche, y sin embargo, sigo oyendo el aleteo sobre mi cabeza, el golpe seco en la puerta, la respiración detrás de mí. 
No sé si busco redención o compañía, pero esta vez la contaré. Y si algo me escucha… que sepa que ya no tengo fuerzas para resistirlo.

***

Era invierno. La ciudad parecía hecha de vidrio empañado. 
Caminaba sin rumbo por una avenida vacía; el vaho de mi aliento se mezclaba con la neblina como si el aire me robara el alma poco a poco. 
Al doblar por una bocacalle, la luz de los faroles se extinguió de golpe. 
Nada de sombras, nada de reflejos. Solo una negrura densa, compacta, con olor a hierro y a humedad vieja. 

Entonces lo oí. 
Un chillido largo, agudo, que no provenía de garganta alguna, sino del propio aire. 
Después, un batir de alas pesadas, y una risa. 
No era humana: era la risa de algo que nunca debió tener voz. 
Los coches chocaban a ciegas, la gente gritaba… pero de pronto todo volvió a la normalidad. Las luces regresaron, la calle seguía igual, y nadie parecía haber notado nada. 
Solo yo. Solo mi miedo. 

***

Durante días intenté olvidar. Pero algo había cambiado. El espejo me devolvía una mirada más oscura, y mi sombra, al caer la tarde, parecía moverse con un ritmo distinto al mío. 
Una noche, mientras veía televisión con mi gato dormido sobre las piernas, se fue la luz. 
Las ventanas comenzaron a crujir, cubriéndose de escarcha desde dentro. 
Me levanté. Al limpiar el vidrio con la palma, vi una figura al otro lado de la calle: alta, inmóvil, con sombrero y gabardina, mirando hacia mí. 

Parpadeé. Ya no estaba. 
Pero el reflejo en el vidrio seguía ahí: su silueta... o la mía.

El frío aumentó. No podía moverme. 
El crujido de la puerta principal me devolvió el sentido. 
Un golpe. Otro. Hasta que la madera cedió. 
Una corriente helada invadió la casa, apagando todo sonido. 
Desde el fondo de la escalera, se escuchó una respiración. Profunda. Rítmica. 
No era la mía. 

Intenté correr, pero mis piernas no respondían. 
La oscuridad subía los escalones, paso a paso, como si cada crujido fuese un latido del corazón de algo sin nombre. 
Cuando llegó al último peldaño, el aire se detuvo. 
Y entonces comprendí que lo que subía no era algo ajeno: era algo que había estado siempre conmigo. 

Una voz resonó dentro de mi cabeza, tan baja como un pensamiento:
—Déjame salir. 

El maullido de mi gato me devolvió por un instante a la realidad. Corrí, tropezando con los muebles, salté por la ventana y huí sin mirar atrás. Corrí hasta perder el aliento, hasta tocar la puerta de un amigo. No recuerdo qué dije, ni cómo me recibió. Solo sé que desperté en su casa, envuelto en una manta y con el cuerpo helado.

***

El médico me observaba con ojos vacíos. 
—No tiene fiebre —dijo—, pero su temperatura es imposible. Es como si algo le chupara el calor desde dentro. 

Mi amigo guardaba silencio. Detrás de él, el espejo del salón reflejaba mi silueta… pero no mis labios, que no se movían, aunque yo hablaba. 
—¿Qué me pasa? —pregunté. 

Nadie respondió. 
El médico se inclinó un poco, como si escuchara algo que los demás no podían oír. 
—A veces —susurró— el frío no viene de afuera. 

En ese momento sentí una risa en el fondo del pecho. Era la misma de aquella noche. 
No venía de las sombras. 
Venía de mí. 

Mis manos se entumecieron, el aire se volvió denso y el espejo vibró. La figura reflejada sonreía, pero yo no. 
—Ya no tienes que tenerme miedo —me dijo, con mi propia voz. 
Y cuando la luz del amanecer entró por la ventana, solo una sombra quedó en el sillón. 
Una sombra que respiraba.

***

Desde entonces, nadie duerme tranquilo en esta casa. 
Y si alguna vez escuchas un aleteo en la oscuridad, no corras a cerrar la puerta. 
Porque el verdadero horror no está afuera. 
Está esperando que lo dejes entrar… 
desde adentro.

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